viernes, 9 de abril de 2010

La Poesía



¿Sabes, amigo? El verso que más me desconcierta de cuantos en mi vida he leído, siempre lecturas entre soledades, siempre al cobijo de claroscuros hallados entre huecos inesperados del alma, es el verso que escribió Neruda para dejar bien claro aquello de “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”. Exprimo el verso, querido mío, y me da unas gotas de jugo nada dulce: ¿es que hablaba por unos codos ajenos a lo poético aquella muchacha?, ¿ponía de los nervios al poeta y éste se lo hizo saber de modo tan elegante? En su libro “Señales de vida”, Juan Antonio González Romano le ha dado conveniente réplica al chileno: “No me gustas cuando callas. / Muy poco me importa a mí/ que a Neruda le gustara”, escribe el profe con esa ironía que caracteriza a quien, como él, está tocado por la inteligencia.

Con todo ello, mis blogueros poéticos, no quiero decir que el verso no me guste, sólo que hace tiempo aparqué el intento de entenderlo. Y por ahí continúo, Juanmita lunático: no necesito entender la poesía, sólo quiero palparla, sentir cómo me traspasa. Sólo quiero que un poema entero no me dé más que un verso aislado del que me guste su sonoridad, que quizá me evoqué algo que no sepa qué es. Ni me importe no saberlo. Me basta la intuición, el quiebro del idioma sobre la estructura rígida que suele conformarlo, la metáfora derramada.

La metáfora, ese vuelo rasante de la palabra sobre el paisaje que miramos. La metáfora es la yema, el núcleo, descubrir la cosa en su momento metafórico, que nos dijo Umbral, y dar de lado a los ríos movientes de Heráclito o a las lógicas tan lucidas como enmarcadas de Parménides. La metáfora, amigo, qué difícil. “Las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora”, escribió Lorca. La metáfora, colega, ahí está el poema. “Jaula de un ave invisible”, dijo Cernuda que era el arpa. “El funerario hueco…”, es para Caballero Bonald un vaso. “Metáforas gastadas que saben a metáforas”, escribe García Montero. La metáfora, ese lenguaje que danza.

El poeta vive entre metáforas que se le enredan en la mirada y, luego, escribe con ellas un soneto, que es la medida radical, la prueba de fuego contra la cual debiera enfrentarse todo poeta. La rima libre nos da otras dimensiones y otros juegos, sí, pero no nos engañemos: hay ocasiones en las que rimar con libertad no es más que un artificio para ocultar la mediocridad.

Y si algo no puede ser un poeta, mis queridos amigos asonantes, es una persona mediocre. Baudelaire ya advirtió que “Hay que ser sublime sin interrupción”. Qué difícil nos lo pusiste, puñetero, maravilloso y maldito poeta francés. Por fortuna, los poetas de hoy parece que han superado aquella tendencia de los poetas de antaño hacia la tuberculosis, la hipocondría o el suicidio. Al poeta contemporáneo le va bien una corbata o una boina calada, digamos que le da igual.

¿Cómo reconocer a un poeta? Lleva pequeñas astillas de cristal clavadas en la mirada. En una ocasión vi a tu tipo calvo y fumador escribiendo sobre una servilleta, arrinconado en una cafetería de andar por casa y refregándose los ojos mientras escribía. Me acerqué a él excusando que necesitaba fuego para encender un pitillo descamisado y pude leer uno de sus versos: “Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar”. Pregunté al camarero quién era ese hombre. Creo recordar que se llamaba José Hierro…o algo así.

8 comentarios:

Cita dijo...

La metáfora de Cernuda me parece mágica.... en realidad toda metáfora lograda es algo mágico. En ellas pordemos ver cosas que ni explicadas de la forma mas clara y concisa seriamos capaces.
Leer los ojos verdes de Marta me ha hecho recordar estos versos, para mi divinos...

Déjame salir de tus ojos para tomar aire, tu pupíla placentera a veces ahoga.

Saludos

Cita

marisa dijo...

Bellísimo texto...De verdad.

LETRA LIBRE dijo...

Espero poder felicitarte esta tarde en la radio personalmente. Magnífico texto.
Un saludo de desconocido.
Pedro Jaén
Te invito a mi blog:
http://revistaletralibre.blogspot.com

Aurora Pimentel dijo...

Me ha gustado, Sr. Manteca, es una mirada la del poeta, qué bien lo cuentas. Y desde luego, es el talento que se tiene o no se tiene aunque te empeñes. Pero además, en esas servilletas a salto de mata escritas y de ese "Abre tus ojos verdes..." me parece ver que los poetas dan muchas vueltas a la cabeza, se lo trabajan de un modo que no es de 9 a 7, pero que es trabajo. La mediocridad acecha siempre y tras lo bueno están unos ojos, una inteligencia pero también un oficio que es entrenamiento.

José Hierro escribía hasta en las bodas donde era invitado, en las servilletas, allí mismo, delante de la gente aunque apartado a veces...

Saludos cordiales, Sr. Manteca, y le espero para darnos (con L) un garbeo por la Gran Vía, es su centenario, y le pega a Vd. ese ambiente granviero... que lo sepa.

mangeles dijo...

Me gustas cuando callas, cuando no dejas oir tú voz, cuando no expresas, porque estas como ausente de este mundo, estás en otro mundo, en tú propio mundo....y pienso ¿que pensará?, y me pregunto ¿dónde estarán sus pensamientos?...¿dónde su corazón?...y mientras, puedo mirarte, y mirarte, sin que tú lo percibas, sin que tus ojos me impidan mirarte... Y estás y no estás, eres tú, quien se expresa y conozco, y eres tú otro tú, el que nadie conoce ....me gusta cuando callas....

Muchos besos amigo Manteca.

Santi el de Los Divagues dijo...

Digamos que mucha gente se ha tomado estos versos de Neruda para la chacota. Y digamos que se lo merecen. Estaba claro que en nuestra cultura latina, bastante machista, íbamos a pensar que el viejo Pablo decía eso porque ella hablaba demasiado y le tenía las bolas por el suelo. O porque las mujeres dicen más con el silencio que con la cháchara. O porque prefería inventar él las palabras que la dijeran a ella. Pero no es un verso feliz. Y lo que menos me gusta es ese "como", que más bien parece puesto ahí por necesidades rítmicas. De pronto él no podía aceptar que ella estuviera realmente ausente.

Y eso del señor Hierro me parece una absoluta maravilla.

siempreconhistorias dijo...

¡Eres jodidamente bueno, admirado Manteca! Vengo a verte desde Juanma, de nuevo, y como tengo el día más tonto de lo habitual y la lágrima más predispuesta, y las orejas más abiertas me recreo y te insisto: ¡jodidamente bueno!
A sus pies, caballero.

adela dijo...

Con el debido respeto: El placer de que esa mujer esté como ausente está en el final del poema: "...y estoy alegre, alegre de que no sea cierto". ¿No es obvio? ¿O acaso yo he bebido demasiado Neruda?