viernes, 18 de junio de 2010

Mi maestro de escuela



¿Sabes, amigo? Me enseñó a leer y a escribir. A hacerlo correctamente, quiero decir. Cada día, durante ocho años, un dictado diario sobre el cual circulaba en rojo las faltas de ortografía: aquellas haches que, aun siendo mudas, cantaban por alegrías entre las alas de una horopéndola y goteaban como lejía atávica los vestidos tintados de hañil; o aquellas bes tan reñidas con sus hermanastras las uves y que, por más empeño que ponían, no ovbiavan cualquier varvaridad y se superponían sobre nuestra boluntad de párbulos que pretendían aprender. Luego, al crecer, llegamos a la vida y supimos mejor de la obviedad, de la barbarie, de la voluntad y sus discapacidades. Vimos con claridad, en definitiva, que la vida nos es más que un declinar del parvulario que fuimos, un ir aminorando, un descarte de adjetivos que nos van quedando inútiles para describir estos alrededores que nos circundan y ningunean.

Durante ocho años, día tras día, conjugábamos un verbo que al principio, en lo que supimos dominar la técnica, siempre nos quedaba irregular. Luego, de nuevo con la llegada a la vida, había verbos perfectos cuya conjugación se revelaba contra la norma tras el uso. Pongo por caso, es evidente, el verbo amar. Muchos quebraderos de cabeza me dieron otros verbos. Nunca supe, por ejemplo, si soy o estoy, si ser o estar. No veo con claridad la diferencia que pueda habitar entre los verbos huir y buscar y, finalmente, tardé varios años en descartar balances sobre mi vida que me dieran un listado con un par de columnas que encabezaran los verbos perder y ganar. Lo perdido en un par de columnas ocupadas y saturadas y lo ganado…bueno, lo ganado dependería de todo aquello que se me ocurriera inventar.

Ochos años, Juanmita mío, día tras día de dedicación a sus alumnos, que éramos nosotros, entre los que estaba un “Manteca” aún no fermentado. Análisis sintácticos que eran como desnudar a la oración sobre la pizarra: quítate el vestido porque quiero comprobar si concuerdan en género y número el sujeto que eres y el predicado que dices o quieres ser, descálzate para que pueda ver qué objeto directo es el causante de tus pasos en el mundo y, sobre todo, confía en mí, yo seré quien elimine el empedrado con forma de objeto indirecto que te vas a encontrar por esos caminos de la vida que no son, querida amante y amada oración, sino complementos circunstanciales ante los cuales siempre es difícil decidir o actuar.

Ignoro si los párvulos de hoy lo son. Me da que no. Tiendo a pensar que difícilmente llevarán consigo, para siempre, el nombre de quien tanto quiso darles, el recuerdo brillante y enternecedor de un maestro de escuela. Escribir un examen con ese lenguaje carrilero que hoy circula entre el teléfono portátil y el Messenger es una señal de que algo no marcha bien. Si nunca fuimos libres, lo somos menos ahora que la incorrección ortográfica, paradigma de la incultura, es un lastre que nos impide movernos del sofá. Donde nos vamos degradando.

Yo sí tengo entre mis recuerdos limpios a mi maestro de escuela. Don José Pedro Martín Hernández, a quien doy las gracias por haberme enseñado a deambular entre sustantivos imponderables y verbos cuyos imperativos me motivaron siempre a incumplir órdenes y jamás me hicieron callar.

4 comentarios:

Er Tato dijo...

Enorme ese tercer párrafo, Manteca.

Aunque no me extraña teniendo en cuenta que tu especialidad es desnudarlas mientras las abrigas con la mirada juguetona de tus manos y los verbos húmedos de tu lengua. ¡Qué buen trabajo hizo Don José Pedro!

Un abrazo

P.S.: Corrige ese "sin" de "comprobar sin concuerdan en género...". Malditas erratas...

Juan "El Manteca" dijo...

Muchas gracias, querido colega. Y corregido está ese "sin" a medias entre la errata y el despiste. Sí puedo confirmar, gracias a Don José Pedro, que no se trataba de un error.

Nos va quedando poco, amigo mío...

mangeles dijo...

¡Que bonito¡...yo la faltas las recuerdo con mi madre, que decía...niña...bueno es con b alta o baja...y con las cuartillas copiadas de una falta...500 veces vaca...

Yo por ser practica, me guardaba las cuartillas de un año para otro, no fuera ser, que en todo un curso, cometiera alguna vez la misma falta...

Que grande la gente que enseña a otrso...yo siempre llevaré en el corazón a quien me enseñó algo...

Incluso...Carnavales...amigo Manteca....

Besotes

Pd. HOY ES MI CUMPLE..¡me doy por felicitada amigo¡

Aurora Pimentel dijo...

Señor Manteca, qué razón tiene y qué bonito lo dice. Los maestros de primaria quedan siempre en la memoria y en el corazón con su nombre y apellidos. Amelia Ayer, Juli Mayor, Pili Martín Lobo. Dejan todas, todos, un recuerdo imborrable: dictados y cuentas, primeras lecturas y divisiones, mucho más, la base.