jueves, 13 de mayo de 2010

Erotismo

¿Sabes, amigo? Soñé que soñaba con ella, que vadeaba con sigilo oscuro y decidido su cuerpo oceánico, navegable, profundo, tranquilo a veces, durante las horas de marea baja, o exhausto al fin tras el esfuerzo que supone la pleamar.

Soñé que las yemas de mis dedos soñaban con ella, orillaban sus labios entreabiertos, iniciáticos y ofrecidos mientras las yemas soñadoras de mis dedos soñadores se acercaban a ellos con respeto, con una devoción similar a la que sentimos por un boceto apenas perfilado, buscando el equilibrio entre la tibieza y el descaro de tal modo que no quedaran al descubierto mis nervios y mi deseo, las pequeñas infamias de mi vida y la urgencias inevitables cuando queda cerca un cuerpo a medias desnudo, débilmente iluminado, un cuerpo para tocar.

Soñé que mis manos se abrían en un sueño que me llevaba a tocarla, me conducía, un sueño medido en centímetros fácilmente vencibles o salvables, insignificante medida. Eran, las mías, unas manos soñadoras y orilladas, manos que procuraban afilar el tacto, rodear con suavidad el cuerpo soñado, por momentos y partes endurecido, de la mujer soñada que se rendía dentro de mi sueño tórrido, un sueño amigo, un sueño con olor a interiores deshabitados, a entrega tras pactar silencios y gestos y a humedades claras.

Soñé que mi piel soñaba con la suya, con su piel que era morena y tersa, erizada y limpia dentro de mi sueño soñado, entregada su piel desnuda sin remisión ni ensayo general, entregada la mía soñante y, por tanto, ajena al diccionario. El sueño fue, entonces, un primer acto que bien pudiera desarrollarse sobre un escenario selvático o una biblioteca desordenada, sin guión escrito, bajo el dictado imponderable del azar caprichoso y divertido que a veces nos dejaba acertar y, otras veces, nos obligaba a buscarnos. El sueño fue, entonces, un blanquinegro jadeante, un enredo trémulo de manos eficaces y miradas entornadas, una cintura ceñida al espacio circundante y extraño, una melena tan desordenada como la ropa descartada y arrinconada, unas piernas aprendiendo a jugar, una espalda enmudecida sobre una sábana que pronto íbamos a despreciar, un sueño cuyo ritmo parecía descoordinado, pero que no era sino enfurecido, bravo, indomeñable, con temperatura que superaba con suficiencia y jactancia a la ambiental y con pequeños recesos provocados sólo para poder, de vez en cuando, hacer algo más o menos parecido a respirar.

Soñé que tocaba el cielo. Y era el cielo un par de cuerpos vencidos, cómplices en el descubrimiento reciente, al tocar tierra tras travesía con viento a favor y velas desplegadas con esperanza sobre el palo mayor. Soñé con un beso frágil, redondo, adaptable, adaptado. Soñé piel resbaladiza con piel deslizante. Soñé manos traviesas y expertas. Soñé otros caminos y aventuras. Soñé palabras susurrantes que sugerían nuevos sueños. Soñé que subía de nuevo el telón y comenzaba el segundo acto…

¿Sabes, amigo? Continúo soñando. Nunca tuve un despertador que cometiera la injuria de hacer añicos mis sueños más cálidos.

4 comentarios:

Paloma Corrales dijo...

Al leerlo parece que un viento de cigüeñas impregnara sensualmente el aire de esta tarde con olor a tierra mojada y a vida.

Besos.

SUSANA dijo...

Mon Dieu...Eros haciendo de las suyas!

Soñar que, Soñar quien, es vivenciar el capítulo más extraordinario del erotismo...Los dioses generosos han convidado uno de sus privilegios a los humanos.

Luego...le calme, le silence, la paix.

Manty...ensoñadoras letras!
Juan Manuel: Exquisito trabajo!

Mis besos, muchos, pero muchos!!! para personaje y Autor!

maile dijo...

Mi señor...
me entregue
por una noche...
por un momento.
Soñe que alguien
soñaba mis sueños...

Besos.

Lisset Vázquez Meizoso dijo...

Sueño que él está a mi lado y no quiero vivir si no es fuera de su boca. Y aunque esté lejos, sigo soñando...que vive también dentro de mi cuerpo.