viernes, 7 de mayo de 2010

Superhéroes



¿Sabes, amigo? Las cualidades que más valoro de esos seres tan singulares e hipermusculados llamados superhéroes son su discreción, casi de porte aristocrático, y una facilidad para improvisar similar a la del actor teatral veterano y taimado. Un tipo con muy buena planta y cara norteada pasea por la calle, de repente ve que está pasando algo capaz de destruir el mundo y él, con la excusa estúpida de tener que poner una conferencia justo cuando el mundo está a punto de sucumbir -se ve que la llamada no la puede hacer en otro momento que sea algo menos relevante para el devenir de la humanidad-, se introduce en una cabina y de allí, rodeado por una millarada de ciudadanos inocentes y educados que no se han enterado de nada, ante la sorpresa cívica, feliz y esperanzada de todos, sale el lelo de Clark Kent transformado en el omnipotente Superman. Que a continuación el mundo sea salvado, en un par de viñetas o secuencias, por un hortera en calzoncillos rojos ya es una visión que repele cualquier intento de explicación racional. Acaso ni siquiera pudiéramos encontrarla en el interior de una bola mágica conformada con ese mineral tan peligroso llamado kriptonita.

El mayor enredador que ha parido una madre vuelve la cabeza si elevamos la voz y decimos Peter Parker. ¿Cómo hacer caso a un tipo tan colgado? ¿Cómo confiar en un constructor de telas de araña si de evitar esas trampas se trata en la vida? Sólo sentí compasión por Spiderman cuando el Duende Verde, tirándola desde lo más alto del Puente de Brooklyn, asesinó a Gwen Stacy, la novia del arácnido, una mujer tan rubia e intocada como aquella Sigrid mítica que sustentaba los sueños del Capitán Trueno, nuestro superhéroe pata negra, ¡Santiago y cierra, España! ¿Es que llegan a casa, nuestros superhéroes, sin reserva de fuerza para menesteres que, ciertamente, son tan placenteros como perentorios pueden ser? Conozco a tipos a los que sólo les falta llevar la anemia en el apellido y que, sin embargo, serían envidiados por el mismísimo Thor en la hora cumbre del ayuntamiento marital. Qué aburrido ser un superhéroe.

Si yo lo fuera, por cierto, si yo formara parte de la pandillita en la que están Hulk, el Capitán América o los Cuatro Fantásticos, no sé qué súper poder me gustaría desarrollar. He pensado que la invisibilidad evitaría algún que otro susto a mis colegas en las madrugadas profundas que me concluyen sobre la barra del Tato…sobre la barra de su taberna, obviamente, que ignoro el alcance de otras potencias de mi amigo. Pero ser invisible no me motiva demasiado, bastante perdido anda uno ya como para que ni sus amigos lo puedan encontrar.

¿Y qué tal tener una visión con rayos X incorporados? Descartado también, Juanmita debilucho, apenas si me queda el punto justo de moral para no caer en semejante inmoralidad.

No, no quiero tener la responsabilidad de un poder superior. Me conformo con lo que siempre he querido ser: un tipo del montón, alguien que se corta al afeitarse con temblor de resaca y se echa a morir. Además, colega, al crecer, y con ello envejecer, he ido consiguiendo no ser un hombre excesivamente pusilánime. Y te aseguro que eso, dado el mundo y sus sombras, amigo mío, es todo un acto de heroicidad.

jueves, 29 de abril de 2010

Remedios caseros



¿Sabes, amigo? Mónica es el nombre de una mujer almidonada que aró mi cuerpo en barbecho en algunas horas sueltas de días perdidos durantes meses colgados, hace ya tantos años como lunas he de contar antes de dormir cada amanecer, con esa luz solar tan inoportuna que siempre se cuela sin llamar a la puerta. En una ocasión, con motivo de un gatillazo inesperado, por no habitual, Mónica me preparó una pócima que iba a evitar que volviera a suceder lo que, según ella y su intelecto o previsión de cristal, anticipaba el principio del final. Recuerdo perfectamente la fórmula que elaboró y que, al parecer, era un legado que superó el paso de generaciones familiares desde que fuera conjurado, en primera instancia, por una antepasada bruja y hermosa que conoció el fuego de varios hombres y el de la Santa Inquisición: ojos de salamandra, laurel picado, jacarandá en flor, gotas de lluvia recién caída en los primeros momentos del otoño, tierra mojada con esa lluvia, una pizca de polvo de la Madre Celestina, una punta de cola de culebra, una uña de alguien muerto tras más de cien años de vida, pétalos de dalia, ajenjo, alazor y caléndula, savia recogida del mismísimo árbol de la vida, tres partes medidas de hilo de cobre y un hilo de voz enumerando en letanía. Todo en proporción, todo en mezcla adecuada, todo triturado con machacador de madera en mortero de piedra.

De la ingesta de aquel brebaje recuerdo un dolor de estómago, un resultado afrodisíaco que brilla entre mis hazañas reseñables y un efecto secundario que se manifestó en modo gaseoso y ensordecedor. Al oír toda aquella sinfonía atonal, de la que fui víctima y no culpable, Mónica se levantó de la cama, se vistió y se marchó de casa sin peinar.

Desde aquellos tiempos, Juanmita decente, no he vuelto a probar remedio casero alguno. He ido tirando, como mejor he podido y sin tomar nada, con el dolor de muelas, las pocas ganas de comer o las jaquecas afiladas.

Hubo quien me sugirió aguacate machacado con suero de leche para mejorar la textura vaporosa de mi piel, pero me contraindicaron la toma de alcohol si quería garantizar la bondad del tratamiento y, obviamente, ya ves por el aspecto que presento cuál fue mi decisión.

En otras ocasiones, para paliar un asomo de lumbago que a veces tuve, me recomendaron macerar en vino blanco algunos huesos de nísperos y, luego, tomar en ayunas una copa del resultado. Pero tampoco pudo ser: por más que estuve atento y tomé notas, nunca distinguí qué horas eran aquellas en las que yo estaba en ayunas.

Algún ejemplo más te pudiera dar. Una irritación en mi garganta quiso un amigo curarla ofreciéndome un líquido obtenido tras la licuación de una cebolla morada, un manojo de perejil y un diente de ajo. Lo único que consiguió con aquello fue un vómito brutal que manchó su camisa como una injuria y selló el final de aquella amistad.

No hay modo, mis blogueros caseros. Finalizo retomando el recuerdo, que no la añoranza, de aquella Mónica aprendiz de hechicera que me abandonó. Antes de cerrar la puerta, se volvió, me lanzó una mirada atrabiliaria y me dijo: “Mira, Juan, no estás mal como amante y tiendes ligeramente a ser buena persona. Pero lo siento, debo decirte que lo tuyo con la vida, querido Manteca, es algo que no tiene remedio”.

viernes, 16 de abril de 2010

El Teatro



¿Sabes, amigo? La primera vez que fui a ver una obra de teatro sentí algo a lo que tardé en darle nombre. Mi cerebro forja ideas o pensamientos con la misma velocidad de un caracol y fue más tarde, tras rumiar pausado y quedo, cuando aquel nombre apareció en la orilla de mis labios que, por entonces, no estaban agrietados, tan similares hoy a un papel arrugado o a una flor seca: emoción. Me emocionó la representación, sentir en la sangre la capacidad del ser humano para recrear sentimientos puros sobre un escenario, el tacto de la dicción perfecta cuando el idioma no es maltratado. Aquella obra fue “Esperando a Godot”. El lugar, un cine-teatro del pueblo que me vio nacer a un ritmo que todos pensaban lento, pero que no era sino desanimado. Cine-teatro, por cierto, cubierto desde hace años por el polvo y el olvido, vencido al fin por el avance imparable de la mezquindad y la ignorancia de los políticos que hacen política, esa gente que sin duda sería abucheada por el público tras la caída del telón. Bueno, acaso no hiciera falta esperar tanto: los silbidos romperían el silencio necesario ya en el primer acto.

Lo que no puedo concretar, Juanmita enmascarado, es la edad que yo tenía en ese momento. Hace tiempo que adquirí la costumbre de mezclar mis recuerdos en una amalgama de imágenes tal que impide su ubicación precisa en el interior colgado de los calendarios. Sería una edad iniciática, prudente, virgen, aún no contaminado por la aleación de la vida y, por tanto, abierto a todo, dueño del texto y sus acotaciones, sobre los cuales se iba formando este personaje tragicómico en el que he devenido, el germen del tipo que se asoma a espejos que le devuelven un esperpento que se acomodaría suficientemente, con garantías de camuflaje, en el Callejón del Gato.

El teatro. La vieja Grecia, aquella Grecia de varios filósofos por metro cuadrado, nos legó un teatro en tantas ocasiones inalcanzable e inalcanzado. El teatro no es un invento como sí lo fue el cine. El teatro es la perfección de la expresión natural, un modo más de tocarnos, una lluvia suave de palabras, un cuerpo que sabe cómo moverse cuando hay que reír o llorar, un baile experto de gestos o miradas, un aplauso ansiado y, finalmente, un acto de gratitud.

Shakespeare, el más grande, nos dijo como nadie que somos pequeños, maleables. Si fuera posible una máquina del tiempo ficcional y extravagante, una de las opciones del Manteca, mis queridos actores de blog, sería la época del Teatro Isabelino, The Globe, William Shakespeare. O quizá el Siglo de Oro español, ser público en un Corral de Comedias y poder presenciar alguna obra de Lope de Vega o Tirso de Molina. No estaría nada mal.

Hay quien afirma que la vida es puro teatro. Y es un lugar común de esos que, ya sabes, Juanmita comediante, deambulan indecisos entre la verdad y el error. No es teatro la vida porque, para bien o para mal, entre destinos rigurosos y azares deshilachados, no tenemos la oportunidad de un ensayo general. Sí que somos, por otro lado, cómicos alegres y libres hoy, tristes y aburridos mañana. Cómicos que siempre, hay realidades inevitables, estamos emprendiendo un viaje a ninguna parte.

viernes, 9 de abril de 2010

La Poesía



¿Sabes, amigo? El verso que más me desconcierta de cuantos en mi vida he leído, siempre lecturas entre soledades, siempre al cobijo de claroscuros hallados entre huecos inesperados del alma, es el verso que escribió Neruda para dejar bien claro aquello de “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”. Exprimo el verso, querido mío, y me da unas gotas de jugo nada dulce: ¿es que hablaba por unos codos ajenos a lo poético aquella muchacha?, ¿ponía de los nervios al poeta y éste se lo hizo saber de modo tan elegante? En su libro “Señales de vida”, Juan Antonio González Romano le ha dado conveniente réplica al chileno: “No me gustas cuando callas. / Muy poco me importa a mí/ que a Neruda le gustara”, escribe el profe con esa ironía que caracteriza a quien, como él, está tocado por la inteligencia.

Con todo ello, mis blogueros poéticos, no quiero decir que el verso no me guste, sólo que hace tiempo aparqué el intento de entenderlo. Y por ahí continúo, Juanmita lunático: no necesito entender la poesía, sólo quiero palparla, sentir cómo me traspasa. Sólo quiero que un poema entero no me dé más que un verso aislado del que me guste su sonoridad, que quizá me evoqué algo que no sepa qué es. Ni me importe no saberlo. Me basta la intuición, el quiebro del idioma sobre la estructura rígida que suele conformarlo, la metáfora derramada.

La metáfora, ese vuelo rasante de la palabra sobre el paisaje que miramos. La metáfora es la yema, el núcleo, descubrir la cosa en su momento metafórico, que nos dijo Umbral, y dar de lado a los ríos movientes de Heráclito o a las lógicas tan lucidas como enmarcadas de Parménides. La metáfora, amigo, qué difícil. “Las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora”, escribió Lorca. La metáfora, colega, ahí está el poema. “Jaula de un ave invisible”, dijo Cernuda que era el arpa. “El funerario hueco…”, es para Caballero Bonald un vaso. “Metáforas gastadas que saben a metáforas”, escribe García Montero. La metáfora, ese lenguaje que danza.

El poeta vive entre metáforas que se le enredan en la mirada y, luego, escribe con ellas un soneto, que es la medida radical, la prueba de fuego contra la cual debiera enfrentarse todo poeta. La rima libre nos da otras dimensiones y otros juegos, sí, pero no nos engañemos: hay ocasiones en las que rimar con libertad no es más que un artificio para ocultar la mediocridad.

Y si algo no puede ser un poeta, mis queridos amigos asonantes, es una persona mediocre. Baudelaire ya advirtió que “Hay que ser sublime sin interrupción”. Qué difícil nos lo pusiste, puñetero, maravilloso y maldito poeta francés. Por fortuna, los poetas de hoy parece que han superado aquella tendencia de los poetas de antaño hacia la tuberculosis, la hipocondría o el suicidio. Al poeta contemporáneo le va bien una corbata o una boina calada, digamos que le da igual.

¿Cómo reconocer a un poeta? Lleva pequeñas astillas de cristal clavadas en la mirada. En una ocasión vi a tu tipo calvo y fumador escribiendo sobre una servilleta, arrinconado en una cafetería de andar por casa y refregándose los ojos mientras escribía. Me acerqué a él excusando que necesitaba fuego para encender un pitillo descamisado y pude leer uno de sus versos: “Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar”. Pregunté al camarero quién era ese hombre. Creo recordar que se llamaba José Hierro…o algo así.

viernes, 26 de marzo de 2010

Semana Santa...La Madrugá



¿Sabes, amigo? Habito pobremente acunado en una certeza que tiene un vaivén suave de mecedora vieja: la certeza de haber sido, y ser, un pecador vocacional. Quizá sea por eso que a veces, durante una semana, acaso durante una noche a la que llamamos “La Madrugá”, también soy un penitente. Pienso que mis días han devenido en un paso de costero a costero y quizá sea por eso, mis queridos habitantes de bloguilandia, que el Manteca llora en Semana Santa, calza alpargatas que rachean en el silencio de una Madrugá en Sevilla y espera que la vida, al menos durante unos segundos, le ofrezca una igualá entre aquello que no consigue olvidar y aquello otro que no puede recordar, entre lo que quiere y lo que quiso, entre sus dudas y sus certidumbres, entre lo que siente sin poderlo razonar y lo que razona entre sentimientos.

Hay quien me ve dentro de la Madrugá poderosa, sumergido en ella, siempre náufrago, y, tras tardar unos segundos en reconocerme, me mira con perplejidad. Yo, querido Juanmita, sostengo esa mirada como si fuera un costalero empecinado a pesar de mis vértebras tan desgastadas, levanto a pulso mi corazón y le digo: “Sí, soy yo, el Manteca, por aquí voy decidiendo si vivir o morir entre chicotá y chicotá, metiéndole riñones a la vida y andando sobre los pies. Sí, soy yo, el Manteca. Y no te confundas, amigo, hoy, en la Madrugá omnipotente y sevillana, también me estoy emborrachando”.

Me emborracho de sentimientos calmados, de pasión indecisa, de dolor herido, de bulla y encrucijada, de recogimiento y soledad. Tiene de bueno, esta borrachera que es nueva y es eternamente repetida, que no me deja ni jaqueca ni remordimientos. El legado dulce de la Madrugá es un sabor barroco en el paladar, es una nostalgia mecida bajo palio, es una llamada sobre las teclas de mi ordenador convertidas en trabajaderas, como si las palabras a las que voy dando forma con mimo de imaginero, a golpe de gubia y buril, dejaran de pertenecerme enseguida, conforme salen a la calle a esperar, a sentir, a ser y a estar.

Luego, mis queridos niños y niñas, cuando la Madrugá va concluyendo, el amanecer no es sino la última levantá de una cuadrilla de costaleros. Activo el GPS destartalado que llevo en la memoria y me voy de recogida dejándome conducir, seducir, por las callejuelas imposibles y laberínticas del alma. Ha pasado la Madrugá y, sin embargo, se queda para siempre. Va a volver porque nunca se marcha.

Y el Manteca, agazapado y silente, según asoma la luz, conforme los pasos se alejan, vuelve a mediar entre el pecado y la penitencia. Sueña, sueño, que encuentro algo que se parece a la redención, pienso que acaso he sido feliz en alguna ocasión y no puedo evitar, Juanmita hermano, llorar como si fuera un niño pequeño a quien se le derrite entre sus manos una bola de cera. Miro las esquinas de las mías, de mis manos hoy amantes y fumadoras, y sí, definitivamente encuentro en ellas esa redención: mis manos tornan breves y blancas, son por un instante las manos del niño que fui, las manos que entonces regalan un caramelo al primer niño con el que se cruzan porque en ellos está el secreto, la respuesta, en ellos se encarna la infinitud y el misterio de todo lo que luego llamamos la Esperanza.

viernes, 19 de marzo de 2010

La Fotografía



¿Sabes, amigo? De todas las posibles fotografías que se me ocurren, creo que yo sólo quedaría bien en la que le hicieran a la lápida bajo la cual algún día despistado descansaré. Mas no será un descanso en paz, que me gusta con devoción la vida y odio con desmesura ese eufemismo que nos regala al final. En la hipotética fotografía al epitafio que aún no tengo decidido, siquiera pensado, no me veré obligado a posar con cara de turista avezado o interesado. No. En ese lugar frío y postrero ya llevaré puesto el gesto lapidario que, sin querer, vengo ensayando tras tantas madrugadas adormecidas de ron, madrugadas que se hinchan como si el alcohol y las palabras usadas hasta el hartazgo tuvieran el efecto de la levadura, madrugadas que me dan un retrato a contraluz. Quien tiene la mala suerte de verme allí, al final de la barra en el final de la madrugada, no puede sino pensar que soy un fantasma o un daguerrotipo.

La fotografía es un arte. Quien lo ponga en duda, comete un error. La fotografía es paciencia, es amor por el detalle, es la búsqueda agazapada y despierta del momento, es un segundo cazado al vuelo, el tiempo detenido, vencido al fin, sumiso y calmado, es la respuesta definitiva a la filosofía mareante del viejo Heráclito: si fotografío un río, me puedo bañar en él, en el mismo río, tantas veces cuanto quiera hacerlo.

En la fotografía, ese arte notable, no hay un desnudo que sea feo ni paisaje que inmediatamente no queramos visitar. Incluso la captación de la miseria o la pobreza tienen algo que sugiere belleza. La fotografía, por cierto, es un camino eficaz para la protesta o la rebelión, nos enseña el mundo cuando en fin de semana, entre barbacoas y cuñados, pensamos que somos felices y olvidamos que el mundo es una mierda. Kevin Carter, en la fotografía más desgarradora que vi jamás, nos muestra a un niño desnutrido a cuya espalda acecha, acaso espera, un buitre carroñero; sabemos que se llama Kim Phuc una niña que corre desnuda y despavorida tras un bombardeo con Napalm; Sharbat Gula es el nombre de unos ojos verdes que fueron mostrados sin el burka infame; Robert Capa estaba allí, cuando aquel tiro; un marinero y una enfermera nos anunciaron el final de la guerra; un tiro en la sien, en mitad de una calle vietnamita, nos pellizca el alma; Armstrong, fotografiado en la Luna, oculta su andar como pato mareado. La fotografía, el mundo, la vida, la Historia.

La fotografía es un arte necesario. Pero debo confesar que nunca me gustó que me fotografiaran, siempre me sentí ridículo cuando me tocó buscar un gesto con el que pasar decentemente a la posteridad. Huyo de la fotografía igual que lo hago del espejo que tengo en el cuarto de baño. Y aún más veloz es mi huida, Juanmita antifotogénico, si se trata de la fotografía digital. Anclado como estoy en vicios viejos, la memoria digital, entre dígitos humedecidos y huellas dactilares, siempre pensé que era otra cosa, algo que sólo entiende de oscuridades y cuerpos. Prefiero el carrete, el revelado y la cubeta dentro de la cual, desde la nada, emerge la sorpresa de lo que fue y ya siempre será.

viernes, 12 de marzo de 2010

Videojuegos



¿Sabes, amigo? No sé si me gustan más los videojuegos o las bebidas desnatadas que, por supuesto, siempre tomo sin alcohol. Cuando la madrugada avanza y repta como una serpiente color manzana, el Tato suele decirme, Manteca, amigo, voy a cerrar, espérame y subimos a casa, que te invito a un té con leche y a una sesión de consuelo y consola. Y yo, claro, le respondo sin asomo de dudas, Claro que sí, Tato, tengo la costumbre de dejarme aconsejar por mi farmacéutico de guardia y, además, no se me ocurre desarrollo más apasionante para esta noche tendente como todas hacia los fantasmas, hacia el recuerdo de amores descontrolados y hacia la embriaguez… esa cosa de la que huimos. Así, mi Tato y yo, vamos dando de lado a los vicios que tan difícil se lo pondrán al abogado defensor en el Juicio Final. Luego, a los cinco minutos, cuando nos damos cuenta de que corremos el riesgo de parecernos al Dúo Dinámico tras la jubilación, tomamos un chupito de ron, acordamos que el hábito no hace al monje, y nos tomamos otros diez.

La existencia de los videojuegos, Juanmita ausente y tendinoso, me sorprendió de un modo inopinado en el interior de una mercería que, para competir con el comercio moderno alzado a su alrededor, decidió incluirlos entre su muestrario de botones para pellizas o agujas de coser. Cuando le pregunté al dependiente aburrido que sobrevivía tras el mostrador qué era aquello, me dijo que aún no lo tenía muy claro porque las instrucciones de uso venían en inglés de Oxford y él era más ducho en el dialecto hablado en Cambridge. Le reí con educación la ironía insulsa y, luego, no supe si darle las gracias o mi más sentido pésame.

La última vez que me senté frente a un vídeo fue para darle al play y visionar “Superman II”. Y sobre juegos, Juanmita mío, lo más reseñable que puedo decirte es que, hace años como páginas amarillentas, me provocó un esguince la rayuela infantil. Dado el panorama, querido, ya imaginarás qué puedo contarte sobre la palabra compuesta tras la suma de los vídeos y los juegos. Aún recuerdo la risotada histriónica que me soltó una becaria cuando le pregunté si ese Mario Bros del que tanto y con tanta pasión hablaba era, acaso, el mejor amante que había tenido en su vida.

Y ya os dejo, queridos blogueros añorados, que hoy tengo quehacer. Me han regalado un paraguas rojo y voy a buscar un rincón de mi alma para abrirlo, sentarme y ponerme a leer la última novela de mi querida Antonia J. Corrales, a la que os pido que beséis de mi parte, como si este Manteca anclado en atavismos se hubiera convertido en un videojuego de última generación y programado sólo para quererla.



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Nota del Juanma: la referencia final a Antonia J. Corrales, escritora amiga del Manteca, viene a cuento porque será entrevistada por mis compañeros de "La radio de los blogueros" tras la lectura de su columna.