¿Sabes, amigo? Las cualidades que más valoro de esos seres tan singulares e hipermusculados llamados superhéroes son su discreción, casi de porte aristocrático, y una facilidad para improvisar similar a la del actor teatral veterano y taimado. Un tipo con muy buena planta y cara norteada pasea por la calle, de repente ve que está pasando algo capaz de destruir el mundo y él, con la excusa estúpida de tener que poner una conferencia justo cuando el mundo está a punto de sucumbir -se ve que la llamada no la puede hacer en otro momento que sea algo menos relevante para el devenir de la humanidad-, se introduce en una cabina y de allí, rodeado por una millarada de ciudadanos inocentes y educados que no se han enterado de nada, ante la sorpresa cívica, feliz y esperanzada de todos, sale el lelo de Clark Kent transformado en el omnipotente Superman. Que a continuación el mundo sea salvado, en un par de viñetas o secuencias, por un hortera en calzoncillos rojos ya es una visión que repele cualquier intento de explicación racional. Acaso ni siquiera pudiéramos encontrarla en el interior de una bola mágica conformada con ese mineral tan peligroso llamado kriptonita.
El mayor enredador que ha parido una madre vuelve la cabeza si elevamos la voz y decimos Peter Parker. ¿Cómo hacer caso a un tipo tan colgado? ¿Cómo confiar en un constructor de telas de araña si de evitar esas trampas se trata en la vida? Sólo sentí compasión por Spiderman cuando el Duende Verde, tirándola desde lo más alto del Puente de Brooklyn, asesinó a Gwen Stacy, la novia del arácnido, una mujer tan rubia e intocada como aquella Sigrid mítica que sustentaba los sueños del Capitán Trueno, nuestro superhéroe pata negra, ¡Santiago y cierra, España! ¿Es que llegan a casa, nuestros superhéroes, sin reserva de fuerza para menesteres que, ciertamente, son tan placenteros como perentorios pueden ser? Conozco a tipos a los que sólo les falta llevar la anemia en el apellido y que, sin embargo, serían envidiados por el mismísimo Thor en la hora cumbre del ayuntamiento marital. Qué aburrido ser un superhéroe.
Si yo lo fuera, por cierto, si yo formara parte de la pandillita en la que están Hulk, el Capitán América o los Cuatro Fantásticos, no sé qué súper poder me gustaría desarrollar. He pensado que la invisibilidad evitaría algún que otro susto a mis colegas en las madrugadas profundas que me concluyen sobre la barra del Tato…sobre la barra de su taberna, obviamente, que ignoro el alcance de otras potencias de mi amigo. Pero ser invisible no me motiva demasiado, bastante perdido anda uno ya como para que ni sus amigos lo puedan encontrar.
¿Y qué tal tener una visión con rayos X incorporados? Descartado también, Juanmita debilucho, apenas si me queda el punto justo de moral para no caer en semejante inmoralidad.
No, no quiero tener la responsabilidad de un poder superior. Me conformo con lo que siempre he querido ser: un tipo del montón, alguien que se corta al afeitarse con temblor de resaca y se echa a morir. Además, colega, al crecer, y con ello envejecer, he ido consiguiendo no ser un hombre excesivamente pusilánime. Y te aseguro que eso, dado el mundo y sus sombras, amigo mío, es todo un acto de heroicidad.
El mayor enredador que ha parido una madre vuelve la cabeza si elevamos la voz y decimos Peter Parker. ¿Cómo hacer caso a un tipo tan colgado? ¿Cómo confiar en un constructor de telas de araña si de evitar esas trampas se trata en la vida? Sólo sentí compasión por Spiderman cuando el Duende Verde, tirándola desde lo más alto del Puente de Brooklyn, asesinó a Gwen Stacy, la novia del arácnido, una mujer tan rubia e intocada como aquella Sigrid mítica que sustentaba los sueños del Capitán Trueno, nuestro superhéroe pata negra, ¡Santiago y cierra, España! ¿Es que llegan a casa, nuestros superhéroes, sin reserva de fuerza para menesteres que, ciertamente, son tan placenteros como perentorios pueden ser? Conozco a tipos a los que sólo les falta llevar la anemia en el apellido y que, sin embargo, serían envidiados por el mismísimo Thor en la hora cumbre del ayuntamiento marital. Qué aburrido ser un superhéroe.
Si yo lo fuera, por cierto, si yo formara parte de la pandillita en la que están Hulk, el Capitán América o los Cuatro Fantásticos, no sé qué súper poder me gustaría desarrollar. He pensado que la invisibilidad evitaría algún que otro susto a mis colegas en las madrugadas profundas que me concluyen sobre la barra del Tato…sobre la barra de su taberna, obviamente, que ignoro el alcance de otras potencias de mi amigo. Pero ser invisible no me motiva demasiado, bastante perdido anda uno ya como para que ni sus amigos lo puedan encontrar.
¿Y qué tal tener una visión con rayos X incorporados? Descartado también, Juanmita debilucho, apenas si me queda el punto justo de moral para no caer en semejante inmoralidad.
No, no quiero tener la responsabilidad de un poder superior. Me conformo con lo que siempre he querido ser: un tipo del montón, alguien que se corta al afeitarse con temblor de resaca y se echa a morir. Además, colega, al crecer, y con ello envejecer, he ido consiguiendo no ser un hombre excesivamente pusilánime. Y te aseguro que eso, dado el mundo y sus sombras, amigo mío, es todo un acto de heroicidad.
