El carisma, amigo, parece ser la clave definitiva para el ejercicio del liderato. El carisma es una donación, no un aprendizaje. Ya en el viejo Egipto, hubo algún Ramsés cuyo carisma piramidal no puede competir con el que tiene ese otro Ramsés aguador que está sentado a la siniestra del padre, a tu izquierda, Juanmita papá, en el estudio de Punto Radio. Alejandro Magno tuvo un carisma aristotélico e imperial. Pericles democratizó el carisma y construyó el Partenón. Julio César y Cleopatra mantuvieron un clímax ardiente y carismático. El carisma de Jesucristo venía envuelto en parábolas, fue un carisma encarnado, tentado y crucificado. Boabdil tuvo un carisma llorón y una madre que parecía una suegra. Ricardo Corazón de León, por más carisma que atesorara, no logró vencer en su última cruzada: Sean Connery es más guapo. Isabel de Castilla construyó con la argamasa de su carisma un puente que nos condujo a la era Moderna. Y su hija, Juana, pasó a la historia por su carisma enloquecido y enamorado. Carlos fue primero en España y quinto en Alemania, con su carisma en la delantera ya habríamos ganado algún mundial de fútbol. Napoleón guardaba el carisma en la mano como un secreto escondido en su pechera. Y el carisma de Beethoven, colega, fue más un sonotone que una cualidad.
En nuestros tiempos, el carisma sigue campando a sus anchas. A veces deviene en crueldad si es la insignia de algún malnacido con bigote y corazón recortados, pero otras veces adquiere rasgos de santidad si lo lleva en el corazón un tipo enjuto que sí merece ser nombrado: Gandhi, ese hombre de paz. A JFK le volaron el carisma, a Clinton se le derramó el suyo en un descuido tan cálido como oval, Obama lo trae heredado de hechiceros africanos. Picasso pintaba carismas, el Ché se lo fumaba en puros habanos, Mandela lo ha mantenido invicto, Margaret Thatcher tenía un carisma que comía lentejas.
Yo, que jamás bebo agua, tengo un carisma incoloro, inodoro e insípido, en ocasiones grumete o polizón, casi siempre náufrago. A veces, ingerí carisma en píldoras que caían de pie en mi estómago, pero se superpusieron las contraindicaciones y los efectos secundarios y aquí me ves, colega, habitando en la caverna del anonimato. Dejo el carisma y el liderato para otros, que yo sólo quiero tomarme una copa irresponsable bajo la sombra grata de esta soledad parida por el devenir arañado de cada uno de todos mis años.
